Jesucristo nos da un gran ejemplo: eleva los ojos al cielo para orar. Cada misa dominical de Cuaresma comienza con el llamado a rezar. La necesidad de orar es tan grande que nada más puede suplir su omisión. Todos pueden orar, y todos están obligados a orar. A menudo no rezamos como deberíamos. No te limites a las formas externas, sino dedícate a la oración con diligencia, fervor y, sobre todo, con gran fe y amor. Debemos orar siempre: en las pruebas, en las alegrías, en las dudas, en la tentación, y después de haber pecado. Hay que también rezar con un gran anhelo por el cielo. La oración nos enseña a amar la voluntad de Dios y no la nuestra.
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DVRodriguez2026-03-18T12:17:28-04:00