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Que estrecha es la puerta, y que angosto el camino que conduce a la vida, y pocos son los que lo encuentran. En la Cuaresma -y la Navidad– Cristo nos llama a la conversión. El regalo más aceptable que le podemos dar a Dios es un corazón contrito y amoroso (convertido!) Si pensaríamos más en la realidad eterna del infierno, estaríamos más comprometidos a la conversión. Escuchemos lo que San Alfonso enseña acerca del infierno. Y roguemos por la gracia de conversión. Pues sin su gracia no podremos cambiar.